domingo 8 de noviembre de 2009

Resurrección

Hay una escritura que ayuda a salvarnos de asfixia o algo muy parecido a la asfixia, una escritura que es un campo visivo sobre la vida llena de niebla seca, ubicua y adiposa que tenemos que vivir cada día. A veces leer cosas así supone una hermosa resurrección de algo, una poderosa satisfacción de haber visto una luz llena de entendimiento y razón, una sensación de comunión entre aquellos que saben, como en el cuento de Andersen, que el emperador va desnudo. Cuando leí anoche este texto de Vicente Verdú, me sentí profundamente agradecido y menos solo de Hostia qué soledad, y me acordé de que una vez leí de Cortázar: "No todo está perdido cuando se tiene el valor de reconocer que todo está perdido", y también esto otro: "En ciertos sitios uno tiene que comportarse como un imbécil para que no lo tomen por imbécil". Creo que la segunda cita de Córtazar también tiene mucho que ver con todo eso, aunque pueda no parecerlo en absoluto.

La sociedad devora a la política

Vicente Verdú. EL PAÍS, 7 de noviembre de 2009

"Puede ser que el fenómeno haya ocurrido mucho antes. Es decir, que su culminación se produjera en silencio hace tiempo y sólo ahora conozcamos su ruido ensordecedor. Pero la cuestión es ésta: la sociedad ha devorado a la práctica totalidad de la esfera política, ha escupido sus restos y en lo sucesivo apenas quedarán unos huesos malolientes para seguir fingiendo su realidad.
El flagrante mundo de la corrupción política general, desde Latinoamérica a Europa u Oceanía, desde las democracias basura a las democracias pirata, desde uno a otro punto del mundo, hacen saber mediante su pestilencia que su entidad se descompone y nos enferma.
Se dice (¡todavía!) que el ciudadano tiene en su mano el voto (sagrado) para castigar en su día (lejanísimo, acaso cuatrienal) a los representantes pero, ¿qué es un voto cada cuatro años frente a los millones de euros o dólares que se embolsan sin tregua o su soberbia infame o sin control?
Los actuales políticos o su política no solamente han terminado representando a un sector de gentes muy pesadas, irresponsables y nocivas, sino también obsoletas. Los retortijones en sus propios organismos, sus insoportables borborigmos, despiden un tufo que viene a confirmar el funcionamiento de un sistema cuya irreversible avería despide las destilaciones de su exacta pudrición.
Entretanto, la sociedad procura atender sus problemas en medio de la peor crisis económica conocida. Los parados hacen cola, los marginales tratan de sobrevivir día a día mientras sus dirigentes se enzarzan en reyertas personales o en programas demagógicos que no llevan a ninguna parte distinta de su enajenado interés de poder.
Si la crisis ha procurado alguna enseñanza, entre las más importantes se encuentra el desenmascaramiento de los intermediarios nefastos, parasitarios e improductivos. La sociedad tiene necesidad de mediadores pero sólo de aquellos que multiplican su valor. Por el contrario, los intermediarios políticos que succionan réditos para sí mismos, al modo de los explotadores comerciales del campo o de las instituciones financieras tan tóxicas como delictivas, se revelan como una ominosa excrecencia del sistema.
La institución política en vigor expuesta como una estéril pugna entre el Gobierno y la oposición sólo vale como triste alimento de tertulianos y columnistas tan asendereados como mal pagados.
La sociedad real ha devorado de sobra a la fingida política teatral e incluso sus posibles migajas menudas y sanas. Un Gobierno honesto, inteligente, actualizado y eficaz parece ya imposible bajo las formas vigentes y la continuidad de su esperpento no hace sino contribuir a la delincuencia, la malversación y la desgracia.
Así, del mismo modo que los usuarios de la Red ha comprobado la posibilidad de intercambios (físicos y no físicos) sin intermediarios, y han llegado a pactos y negocios sin la sombra de parásitos políticos, pronto su sistema reordenado apropiadamente por la dialéctica de su función mejor llevará a revelar el insufrible anacronismo del sistema político actual, pensado para el siglo XIX y con los males económicos derivados de las inercias delegadas del siglo XVIII.
Pronto, la sociedad ganará a la política vetusta y sin violencia exterior alguna la clase política logrará su saludable autodestrucción. Porque al igual que sucede en el mundo de la biología serán las cancerosas células internas las que terminarán por estrangular al organismo y declarar su indefectible defunción."

¡Pásalo!

viernes 30 de octubre de 2009


Maintenant

Siempre quise escribir algo que se titulara maintenant. Esa palabra es la que más me gusta de todo el francés que estudié en el bachillerato. Me encantaba el francés. Sobre todo pronunciarlo con esa belleza "gutural" y "nasal" que existe en sus fonemas. Al principio nos gustaba pronunciarlo como se escribía. Mi amgo Ra y yo hacíamos eso. Decíamos il faites froid, como si lo leyésemos en castellano. O il fait chaud. Decíamos chaud de una manera excesivamente cómica y vulgar: chaud. Chaud, así pronunciado, se desprovee de algo. Es como un mote esnob. Imposible de pronunciar con d final. Chau. Suena a todo eso que se dicen en la película El cazador, cuando Robert de Niro y el otro, son obligados a jugar a la ruleta rusa por los vietnamitas y uno de ellos los ahostia diciéndoles eso: Mau! Chau! Mau! para que se disparen la pistola en las sienes. Es una de las escenas más dramáticas y con más violencia de todo el cine, una violencia no gratuita, una violencia que sabes que puede o pudo ser muy real. En otra de esas películas una prostituta vietnamita renuncia a los servicios de un soldado negro porque dice tenerla "muy beaucoup", y suena "muy bocú". Beaucoup es otra de las palabras que me gustaban del francés. Suena muy bien: /bocú/. Es mi segunda mejor palabra, la tercera es cheveaux. Con beaucoup comenzó a gustarme pronunciar ese idioma. Aún hoy, maintenant, me gusta pronunciar muchas expresiones que recuerdo. Y lo hago a veces y creo que muy bien. Una vez, vino a mi casa de la calle Planchas, cuando yo tenia doce o trece años, un hombre que vendía un curso en discos de vinilo que se titulaba "Le francais vivant". Mi madre lo recibió, porque mi madre adoraba y veneraba todo lo que estaba relacionado con el saber y los estudios. El hombre me hizo una prueba de lectura de francés de un folleto que llevaba, y le dijo a mi madre que yo leía muy bien. Me lo creí, nos lo creímos, y mi madre se sintió muy orgullosa ese día y le compró aquel curso que consistía en un diccionario, un libro y cuatro discos, todo metido en una caja de color naranja con letras presciosas negras tipo algerian. Aún guardo ese curso en Santa Inés. Lo he guardado de una manera especial toda mi vida. No me sirvió de nada, no lo utilicé en sentido estricto, pero siempre lo he guardado y venerado. A veces, como hoy, subo al cortijo, estoy allí solo y repaso y miro las cosas muy despacio, con una congoja que me gusta. Ahora, maintenant, agradezco de una manera también muy especial que mi madre me comprase aquello y que su interés y su fascinación por lo académico me ayudasen a esforzarme en los estudios, a aprobar y a tener el trabajo que tengo. Pero cada vez que veo esa caja y la destapo con mucho cuidado, y saco los discos de unas fundas de plástico bellísimo, nunca he visto un plástico igual, tan elegante, tan con ese sonido especial que se produce al despegarlo, cada vez que hago eso a solas, en Santa Inés, y siento unas ganas profundas de llorar y recuerdo a mi madre que murió tan joven y que nos quiso tanto, me asedia la sospecha de que aquel hombre tal vez nos engañó, tal vez le decía lo mismo a todas las madres humildes de todos los pueblos tristes de aquel tiempo, que sus hijos leían y pronunciaban el francés muy bien, para que lo comprasen, utilizando técnicas avanzadas de mercado o de conductismo comercial, como ahora, maintenant, como esa gente que vive de convencer a otra gente de que se hipotequen de por vida en la compra de un piso de mierda o algo así.

Biotopos de poesía

La poesía está en extinción. Hay una extinción global de poesía y un auge del póker texas holden, ambas cosas, esa extinción y ese auge, están llegando a todos los ámbitos de la existencia. No sólo se extingue o devalúa la poesía escrita, leída o editada, sino también la poesía que debería haber en la vida, en los seres, en la naturaleza, esa poesía que debería haber en las verdades que no nos sirven ya para vivir, o mejor dicho en la mirada de quienes quieren ver y sustentar aún esas verdades o cualquier otro tipo de verdades nuevas. Es sorprendente la velocidad con la que eso está ocurriendo. De un año para otro, si prestas atención, detectas mucha menos cantidad de poesía en el mundo y mucho mayor oprobio, mediocridad y sordidez. La gente ya no queremos ver, queremos ligar una escalera a la dama o unas dobles parejas o un color, o lo que equivale a eso: pillar dinero o puntos de manera simple y rápida y hacernos el ciego ante la Historia como animales fáciles de los que todo se sabe y pronostica. No sé cómo llamar a lo que ocurre. Ni tan siquiera sé si lo que hay es lo mismo que hubo siempre, pero caducado, marchito, denigrado. Lo que sí sé es lo difícil que es y el trabajo que cuesta que alguien, en algún sitio, le preste una atención auténtica y sincera a la poesía. Pero qué difícil es encontrar de verdad a alguien con quien hablar a fondo de poesía, de creación, de miradas poliédricas sobre el mundo. En realidad el prestigio que aún conserva la palabra poesía es sólo un eco, una reminiscencia que viene de un tiempo humano cada vez más remoto, más remoto. Pero de vez en cuando te encuentras por el mundo biotopos de poesía. Por eso me alegré mucho de haber estado en Bargas, en el salón de usos múltiples de la Casa de la Cultura de Bargas para leer un poema que me habían premiado: “Es hermosa la sangre en los niños azules”. No sé muy bien cómo se organizó aquello. Convocan un premio de poesía a nivel nacional y el día que lo entregan hacen un “festival” de poetas bargueños al que cada vez acude más gente a leer sus obras. Lleno total en el público y escenario repleto de poetas. Veinticinco sillas plegables de madera para veinticinco voces, tan distintas. Una mujer con diadema y plata en los párpados. Un muchacho menudo de diecisiete años con piercing, pelo largo, camiseta negra y pies que la colgaban de la silla como si estuviese sentado en el suelo de un balcón, esperando inmutable su turno para leer un poema que se titulaba “Tinteros sin tinta”. Un hombre mayor con el pelo tintado, exquisitamente vestido, con gemelos de platino, se puso un sombrero cordobés para leer un poema muy largo y costumbrista. El poema hondísimo de una mujer de setenta años con vestido negro y sandalias a la que se le notaba que le había dolido mucho la vida, un poema sobre la tristeza de que el hombre hubiese llegado a Luna, sobre la necesidad de amortajar o clausurar la Luna después de haber sido humillada por el hombre. Fue uno de los poemas más originales y hermosos que yo he escuchado nunca, escrito hace cuarenta años con la luz de una vela, y no está en ningún libro y a lo mejor se pierde para siempre. Confesó haberlo hecho la misma noche que daban la llegada del hombre a la luna por la televisión, mientras se fue la luz después de darle de mamar a su hijo. Y su hijo estaba allí y era ya un hombre mayor con sonrisa todavía de niño. Había también un hombre con los zapatos viejos que recitó una poesía a Cristo de memoria. Hubieron cuatro o cinco de memoria. Una mujer de unos treinta y cinco años recitó genialmente dos poemas sencillos y preciosos de su abuelo ya muerto. José María Laín Carrasco: “Cuando me descubro”: Cuando me descubro siento una necesidad/ hacia Ti./ Como un viento largo que lame mis pestañas,/ que lame mis labios. Como un viento largo/ que Te trae de lejos, cuando me descubro./ Aún tengo el valor de mirarme dentro,/ de arañarme dentro, cuando me descubro”. ¡Cómo de hermoso pronunció “cuando me descubro”! En general había unas ansias altas de encontrar algo bello y una generosidad como de no pedir explicaciones. Era un biotopo de poesía. En realidad allí parecía haber venido un poco a vivir la Poesía con nosotros. “La casa de la poesía estaba llena de huéspedes”. Un acto hermoso y tan cerca, en Bargas (Toledo), sin necesidad de tomar un tren o montarte en un barco o volar a París o Nueva York. A la salida, de noche, muy de noche, en la puerta daban vasos con ponche y saladitos.

domingo 11 de octubre de 2009

Impresiones desde un acuario vivo

Era la sala pequeña del auditorio de Murcia, había un perfume excelente y Nacho Vegas se movía por el escenario como si estuviese andando por la Luna, lento, muy lento, como si hubiese inventado esa manera elegante de caminar por la Luna, vestido con chaqueta y zapatos brillantes y pantalones negros de cuero. Era vivir. Oír a Nacho Vegas, oler ese perfume, mirar a Lola y sonreírnos mucho y decirnos cosas al oído cogiéndonos de la cara como si fuésemos muy jóvenes: era estar en ese momento en la vida, muy metido en la vida. Alguien, cerca, se había puesto un perfume exquisito de maderas de Oriente y el olor otorgaba una dimensión divina a todo lo que allí ocurría. La sala no se llenó, pero en la primera fila había muchachas preciosas y muy bien vestidas que se sabían todas las canciones y las pronunciaban con sus labios turgentes mientras miraban con éxtasis a Nacho Vegas y él las cantaba con su cabello rubio colgándole en la frente y los ojos cerrados. Yo pensé en lo hermoso que debe ser cantar esas canciones con los ojos cerrados y ebriedad en la sangre. Y también sentí ganas de cerrar los ojos para escuchar mientras olía el perfume y me embriagaba de música y algo muy parecido a la nostalgia, pero que no es la nostalgia. ¡Qué perfume! Hubiese preguntado a todo el mundo hasta hallar el secreto de aquel perfume que me hacía estar más en la vida, adorar el instante o tener el deseo de abrazar lo que existe. Era Nacho Vegas, un perfume exquisito y aquella clase de gente muy especial que no llegaba a llenar la sala pequeña del auditorio de Murcia. Era una clase de público que para mí no tenía esa lástima de los creyentes ciegos que en general tiene la gente cuando va a esas cosas, ni corría ese peligro de enajenación a través de los espectáculos masivos, ni hace que el mundo parezca una pecera exhausta, sino un acuario muy vivo lleno de peces que sí tienen memoria y pensamiento, un pensamiento dulce y adorable. Y las canciones, todas las canciones de Nacho Vegas sonaban como lo que son: historias llenas de mucha lucidez y de tristeza, pura poesía. No hay en la música española, en toda la música española, tanta poesía y tan honda como en las letras de las canciones de Nacho Vegas. Cada canción es una historia perfectamente triste y bien contada. Ezequiel, qué preciosa canción, aunque no sé si se titula así, pero cuenta la vida “especial” de un muchacho llamado de esa manera: Ezequiel. En los labios de Nacho Vegas ese nombre sonaba diferente a todo, sonaba trascendente, puro, dramático, genial. Nacho Vegas dice cosas como: “amarte es pretender atrapar con las manos el aire” o “sólo hay alivio y dolor” o "ni tan siquiera sé por dónde hemos entrado aquí" (un aquí referido al sentido del mundo). Sin embargo Nacho Vegas casi no existe para el gran público. Se salva de ser devorado y trivializado por el gran público y las entrevistas y la tele. Todos nos estábamos salvando un poco esa noche con él, mientras España jugaba al fútbol contra Armenia o algo así, mientras la vida en todas partes era un lugar lleno de niebla que en realidad no vemos. Pero había un perfume, nos sentíamos vivos y Nacho Vegas cantaba “Dry martini”.

martes 6 de octubre de 2009


Esto es pan, esto es perro

Igual que hay un placer en los bosques sin sendero hay también un placer en las cosas sin sentido. Es un placer extraño como un misterio puro y absoluto. Es un placer que últimamente estoy aprendiendo a reconocer. Me fijo en él cuando me cansan todas las variantes de la normalidad, porque la normalidad a veces es asfixiante, por eso triunfa la fantasía de los libros fantásticos o la fantasía de los goles que no se meten nunca de cabeza o la fantasía del gran ligar o enriquecerse a costa del Estado. En la normalidad y en todas sus variantes se te aparece un hombre o una mujer adecuadamente vestidos y peinados y enseguida sabes qué piensan y a qué se dedican, sabes si son visitadores médicos o algo así, sobre todo eso: visitadores médicos o algo así, sabes si trabajan para una consejería de participación ciudadana o en una conserjería de hacer fotocopias. En las variantes de la normalidad siempre hay alguien que trata de decirte: “Esto es pan, esto es perro”, aunque se vea muy claramente que una cosa es pan y la otra es perro. Viven de decirlo. Demasiada gente vive de decir eso: “Esto es pan, esto es perro”. La normalidad es la hostia, nos salva y nos aburre, nos redime y nos cansa. No sé por qué utilizo tanto en las entradas de este blog el verbo redimir. A veces la normalidad es monstruosa. A veces la normalidad es muy azul y cálida y es la patria más dulce que nos concede la vida. Aporía. Siempre aporía. Por eso hay también un placer en lo que ocurre a contracorriente, sin sentido, sin explorar, sin nada que explicar y sin teatro. Por eso hay un placer en cerrar los ojos y acostumbrarte a estar a oscuras y pensar en cómo sería una ciudad infinita o un enano disfrazado de monja. Entonces te acuerdas de pequeñas cosas sorprendentes que te ocurren o ves por los pasillos del instituto y piensas en que la vida es muy corta como para perderla siempre en las cosas que suceden en la normalidad o mancharla de sangre que es tomate y quisieras perderte durante treinta horas en un bosque sin sendero donde ocurriesen cosas que no están ni en los libros, cosas que nunca salen en las películas, cosas que son como de otro mundo que no es éste, otro mundo lleno de ese misterio puro y absoluto que hay en lo que no tiene sentido, en lo que carece de lógica y es hermoso o es loco, pero distinto y bello al mismo tiempo. Y cierras los ojos mientras se pone el sol, y son las ocho y cinco de principios de octubre, y tú estás solo, y encuentras un placer en pensar esas cosas, en anhelar hoteles o poemas que tengan un sabor a palomas sin sexo y sin edad o al destino de alguien con quien con nunca viviste ni pudiste besar. Y cuando abres los ojos, ya es muy de noche, en la calle es de noche y tú te sientes otro y reparado, como si tu alma quisiera no estar siempre arrodillada.

domingo 27 de septiembre de 2009


Amapolas negras o iconoclasia de la importancia

Comprender es morir o todo conocimiento engendra sombra. “Yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos”, dijo Alberti. Pero me encanta esta iconoclasia de la importancia que la edad y el tiempo y el desencanto y la madurez lectora y vital han hecho en mí. Yo no sé exactamente si esa iconoclasia de la importancia está relacionada con la sombra o la muerte, pero me encanta, me gusta con locura que cada vez me importen menos las cosas que me tienen que importar por moda o por el simple hecho de vivir este mundo. Me gusta tanto descreer de todas esas cosas importantes y vacías que llenan la actitud fracasada de la cultura actual. Me gusta tanto confirmar esa sospecha de fraude que siempre tuve hacia la importancia que se exhibe. Me gusta tanto. Me gusta tanto. Hoy llovía, esta mañana llovía muy bien. Era una lluvia preciosa, limpia, sucesiva. Una lluvia de domingo tranquilo a principios de otoño. Llovía para haber guíscanos o algo así, y yo me he puesto a leer, he cogido un libro de un escritor al que admiro y que para mí era uno de los mejores como Umbral o Lobo Antunes, un libro que tenía a medias desde hace por lo menos cuatro años, un libro que trata casi exclusivamente de Nueva York. Entonces he leído un fragmento apologético o pretenciosamente emotivo- descriptivo sobre las luces del Puente de Brookling y las guirnaldas sobre el puente de Brookling (palabra que no sé si la estoy escribiendo correctamente, ni me voy a molestar en comprobar) y los coches pasando sobre el puente de Brookling y un montón más de esas cosas y de esos nombres en inglés y me he dado cuenta de que no me importaba nada todo eso, nada, absolutamente nada, de la misma manera que no me importan nada los comentarios de las tertulias sobre fútbol o de la misma manera que no me importan nada los hobbies de una miss. Y he pensado con cierta especie de orgullo, sin trauma, sin culpa: ¡Pero cuánto me toca los cojones todo esto! He cerrado ese libro para siempre y me he preguntado en voz alta, como el protagonista descreído y marginal de una de mis novelas inéditas:” ¿Dónde están los mejores? ¿Es que ya no hay los mejores? ¿Dónde está la gente que debería escribir como Pessoa amapolas negras encontradas junto a las sepulturas de los propósitos humanos?”.

viernes 25 de septiembre de 2009

Quirófanos, quirófanos, quirófanos

A veces creo que vivir es más importante que escribir y otras veces pienso que escribir es más importante que vivir. Me gustaría apostar definitivamente por una de esas dos convicciones, tenerlo claro, pero no puedo. Es como cuando primero te aburres de la gente y después se te pasa y después te vuelves a aburrir otra vez de la gente. En los hospitales uno se aburre mucho de la gente y después se te pasa y después te vuelves aburrir otra vez de la gente. Hay mucha gente en los hospitales. En La Arixaca, por ejemplo, que es un sitio mágico, sagrado y terriblemente vulgar al mismo tiempo. Gente en los pasillos, en las habitaciones numeradas del policlínico que se llaman boxer, en letreros azules que ponen: Boxer; gente en la cafetería, gente con bandejas cargadas de comida barata que siempre lleva su miajica de pan de calatrava, gente en “admisiones”, gente en “extracciones”, gente haciendo cola en certificaciones de ingreso para que te den ese papel con el que se te conceden cuatro días de permiso si eres funcionario y han operado a tu padre o a tu cónyuge, gente en la librería, gente alrededor de las escupideras externas en donde se puede fumar, en los váteres, en los aparcamientos, en las entradas a la unidad de quemados o de nefrología o de lo que sea,… y donde más gente hay, y de la manera más asombrosamente mágica y vulgar, es en la sala de espera de los quirófanos, muchos llorando silenciosamente y algunos sentados en el suelo, bien vestidos, sin chándal ni ropa deportiva, con chaqueta o con falda de tergal y sentados en el suelo porque no queda sitio en las banquetas metálicas que hay adosadas a la pared de la sala y llevan ya más de cuatro horas aguardando ese resultado sagrado y necesario que siempre esperamos quienes estamos allí. Estos días, en La Arrixaca, me he aburrido mucho de la gente y también la he querido con locura, con esa empatía y amor hacia lo humano que te inflama de congoja los globos oculares y la zona de distribución de la faringe. Y viendo a toda esa gente, he pensado en si es más importante escribir o vivir, y no he podido llegar a ninguna conclusión. Llevo desde este verano pensando en ello y escribiendo un relato sobre ese asunto que no sé exactamente cómo terminar. Un relato que voy a borrar o a abandonar porque es un texto sin solución de continuidad, y el caso es que a mí me gustan los textos así, pero a casi nadie le gustan esos textos sin futuro y es absurdo escribir textos sin futuro que no le gustan a casi nadie, sólo, a lo mejor, a profesoras de Biología o de Arte que poseen una atención y un asombro exquisitos sobre lo que está ocurriendo cada día en sus vidas y a jóvenes tristes y literarios que viven con una beca en Lieja y tienen veintidós años y ojos de saberlo ya todo y también le prestan una atención exquisita a lo que está ocurriendo en sus vidas. Entonces estás de acuerdo con eso de que el oficio de escribir, antes, en ese mundo de antes que ya hemos vivido y terminó hace nada, consistía precisamente en dejar huellas, dejar tu nombre y tu obra escritos por todos lados; y que ahora estamos en este otro mundo al que todavía no nos hemos acostumbrado del todo, y que en este nuevo mundo, quizás, lo verdaderamente redentor y fructífero, revolucionario y auténtico, entre tantas huellas, entre tanta apoteosis de rastros y señales, de artistas y epígonos de todo, sea borrar huellas, cuantas más huellas mejor, eliminar con precisión y valentía cualquier rastro que permita encontrarnos. Entonces, con cierto desencanto íntimo y deseo de escapar de la enorme mentira que se está construyendo, deseas que una mano invisible venga para cambiarte de sitio el corazón y aprender a ser solo, no a estar solo, sino a ser solo y, si esa clase de soledad te hiciese ver que escribir es más importante que vivir, hacerlo como si de verdad hubiese empezado el deshielo de toda la Impostura o como si ya no hubiese demasiada sangre con prisa en nuestra sangre, escribir como si uno fuese un niño que tuviera la estatura de una gota de agua cuando cae en el suelo o algo así; y entonces asumir estas palabras de Luis Rosales que a mí me hubiese gustado decirles a todos los que esperaban conmigo en los boxer de la salida de quirófanos: “ … y puede ser que estemos todavía unos dentro de otros, y puede ser que habitemos aún aquella casa de la infancia donde el latido del corazón tenía las mismas letras que la palabra hermano… y es tan fácil morir, y es tan fácil seguir de pie descalzo y para siempre… y ahora vamos a hablar como si hubiera empezado el deshielo, vamos a hablar como un niño que se despierta en un túnel, … vamos a hablar hasta que nadie viva con los ojos cerrados”.

jueves 13 de agosto de 2009

Alto estarling

Tengo que responder a Andrea por qué los viejos miran las obras. Recibí un email suyo con esa sola pregunta: “¿Por qué los viejos miran las obras?”, y me pareció una pregunta estupenda, cojonuda, como para llenar una ponencia, una homilía o algo así. Creo que lo sé. Creo que sé por qué los viejos que visten como de luto y se nota que no tienen mucho que hacer, se paran con las manos atrás delante de una zanja o de una estructura de hormigón y la miran durante media mañana. Creo que la sé porque yo también me he fijado en ellos, todos nos hemos fijado un poco en ellos. En verano más. En verano, esa clase de viejos que son de esa clase de personas que no se van nunca a la playa, miran más las obras de las calles. Esa observación es de la categoría de observaciones de alto calibre que tú solías hacer. Me recuerda mucho a aquella de los cojos que se quedan los últimos en los sorteos de las tómbolas. Y me encantan esas observaciones de alto calibre o alto estarling. Son como cuando los alumnos preguntan: ¿Qué es la venia, maestro? O ¿Qué son pies en polvorosa? Millás escribiría, seguro, “¿Qué demonios querrá decir polvorosa?”. Polvorosa o venia que son como nombres de yeguas buenas y mansas. Yo creo que los viejos miran las obras porque en realidad son mayores y mansos como una yegua buena. Las miran sin “idea”, sin usufructo ni maldad. Las miran como tú y yo miramos o nos detenemos a fotografiar de cerca esos ramos de flores a los muertos que hay repartidos a lo largo de todas las carreteras secundarias de España. Cuando estés bien y puedas, coge tu passat azul, déjalo en la entrada y métete andando por la Vía Verde en el tramo de Bullas, dirección a Cehegín, y a unos cuatro kilómetros está la ofrenda de flores a un muerto en el lugar más hermosa y kitch que yo he visto en mi vida. Los viejos miran las obras maravillándose de que existan, de que el futuro sea y los prodigios existan o algo así. Para los viejos las obras son prodigios que cuestan mucho dinero, como esos cuadros de Picasso que también valen mucho dinero, pero a esos viejos no les gustan esos cuadros, a esos viejos le gustan los detalles de la inclinación de la zanja, les gusta el revoque en beig de los chaflanes y cómo un albañil resuelve un recodo o cómo el hierro da forma a los pilares o sujeta uralita. A nosotros nos interesa mucho lo que ha dicho o no ha dicho Rajoy o lo que ha dicho o no ha dicho el otro o la tragedia humana en el arte griego o el fraude fiscal en la Corona de Aragón, pero a esos viejos no, a esos viejos les importa la calidad de la fruta, el sabor ortopédico de los melocotones y cosas de ese calibre, como el avance lento de una zanja para el soterramiento de los cables de la luz. Creo que está mal dicho viejos. Así que donde he escrito viejos debe decir ancianos. Aunque ese tipo de hombres no se sienten ancianos, se sienten viejos, gastados. Y lo dicen así: “Yo ya estoy viejo, Miguel. Me gustaría ponerme unos ojos nuevos”.

viernes 7 de agosto de 2009


El hombre triste

En la playa había un hombre triste. Era siempre el mismo hombre triste. Caminaba continuamente por la orilla del mar, cogido de la mano de su esposa, sin hablar, con bigote, con una gorra nike blanca y la cabeza siempre levantada. Si te sentabas a esperarlo, el hombre triste podía pasar cuatro o cinco veces por delante de ti en esa sesión. Sin bajar la cabeza, con la postura altiva, pero sin altivez, con bigote, sin hablar con su esposa, cogido de la mano de su esposa. Yo iba todos los días a la playa con mi ilusión de ver al hombre triste. Nadie diría de él: El hombre triste, ni usaría la palabra tristeza para referirse a ese hombre callado y con la cabeza en posición de “altivo”, pero ya digo, sin altivez ninguna. Me fascinaba el hombre triste y a Lola también, Lo recordábamos del año anterior. Nos fijamos especialmente en él y Lola me dijo: “Pero ese hombre es triste”. Y yo le puse El hombre triste. El primer día de ir a la playa este año lo volvimos a ver y nos miramos sorprendidos de volver a ver al Hombre triste exactamente igual, caminando en la misma playa de la misma manera. Le cogimos un montón de cariño al Hombre triste. Yo bajaba tarde y, nada más llegar, le preguntaba a Lola o a mi hijo: “¿Ha pasado ya El Hombre triste?”. Y me esperaba a verlo volver. Se notaba que aquel hombre tenía dinero. Yo le imaginé una vida en Murcia o Cartagena, con piso grande en la Gran Vía, apellido “fastuoso”, con herencia de bajos y solares en las afueras de Beniaján o Puente Tocinos y coche Mercedes y tienda de electrodomésticos o algo así. Me fascinaba el hombre triste. Imaginarme su vida. Imaginarlo pensando mientras paseaba en que ir a la Luna no sirvió de nada. Me fascinaba su destino de andar y una cosa profunda e insólita que había en su mirada y en sus ojos huérfanos de algo. El Hombre triste me cambió un poco la vida. Me hizo ver algo muy poderoso que había también en la vida. Entonces comencé a adorar cosas. Muté como mutan las cepas de los virus y me paseaba todas las mañanas y las noches mirando con hondura la vida de verdad en los apartamentos y las calles de verdad. Me producía mucha ternura ver a la gente atareada en los apartamentos de verdad o sentada al fresco comiéndose un plato de comía. Y entonces comencé a adorar cosas que antes no adoraba, incluso podría haber hecho una lista o un poema que comenzase así: Yo adoro al Hombre triste, yo adoro la vida de verdad en los apartamentos de verdad y la ropa barata de color azul fuerte y el olor a vómito que hay por las mañanas en los alrededores de la ZM y el sonido de las lavadoras industriales de los apartamentos Tesy… y la luz en los labios, y la luz labio a labio.

miércoles 5 de agosto de 2009

Redención

Vi a tres jóvenes en un Audi 5 parado en un semáforo y con la música muy alta, alegres, ebrios, bien vestidos, un viernes por la noche, dispuestos a entrar en algún paraíso terrenal de La Manga, a pasárselo bien, a tomar drogas sintéticas o a estar cerca del mar con cubalibres en las manos y entonces me acordé de esto: “Podemos caminar sobre las aguas, pero no tenemos a donde ir”. Y creo que esa verdad servía mucho para ellos, para esa clase de alegría sin redención que nos da el alcohol y los coches nuevos y los cubalibres en las manos, para esa conciencia epidérmica que se tiene del mundo, para esa fiebre que se trae de las discotecas y no deja dormir y no deja dormir y no deja dormir, porque en realidad luego siempre sabemos que podemos caminar sobre las aguas, pero que no hay a dónde ir, que no existen paraísos en medio de los taxis, que se está bien aquí, sentado frente a las olas que tocan con tristeza y despacio las playas del Mar Menor, tomando el sol de las siete de la tarde, viendo motos acuáticas y ese color rubio con el que el sol empuja a las olas despacio, muy despacio, cerca del mar en julio con un libro en la mano o cerveza en la mano, pero ya está, ya está, aunque tengamos una moto acuática o un Audi TT o veinticinco años menos, no podríamos rozar con nuestros labios ninguna eternidad ni paraíso, ni podríamos escapar de este aquí que es siempre el mismo aquí, el aquí de las cosas que suceden a un ritmo de veinticuatro horas al día y a una respiración de cuarenta y cinco veces por minuto. Vi a tres jóvenes en un Audi 5, alegres, muy alegres y dispuestos a la felicidad y, por primera vez en mi vida, no sentí ninguna envidia de ellos, y creo que, si me hubiesen ofrecido tener veinte años menos y montarme en su coche para ir a algún sitio, hubiese contestado: “Pasarlo bien es triste y no me gusta”. Ese día me sentí redimido, salvado de las aguas o algo así, algo así.