
Mística del silencio
Me gusta la manera de existir el silencio. No hay nada más elegante que el silencio. Existen cosas elegantes, entes elegantes, ropa elegante,… Pero el silencio es lo más. Es la elegancia suprema y la más generosa de las formas, la más inhumana, la más astral, la más limpia. Es precioso, perfecto, cóncavo, convexo. Es como extirpar la angustia describiéndola. El silencio llena y da sentido a las intermitencias del corazón. Me gusta ese momento en que la sangre nota cómo se agota algo, el saldo de la vida, por ejemplo, y entonces el silencio te ayuda a entenderlo, a que asumas y crezcas y mutes un poco en esa lava existencial en la que si no mutas te quemas. El silencio es la barbulina del Universo, la grasa suave y aromática que enjuaga de contigüidad nuestro pequeño enclave de sensaciones terrestres y de dimensiones cósmicas. Lo que es puro, verdaderamente puro, está siempre en el silencio. Adorar el silencio con las manos puestas en el pecho, como se las pondría una monja o un enfermo o mi amiga Eme cuando es verano y está echada en su cama viendo cómo pasa la tarde después de haber ido a yoga en bicicleta un lunes, o como se las ponen a las momias vendadas de Egipto, es una de las acciones más hermosas que se puedan practicar hoy día. Debería estar recomendado por el Ministerio de Fomento o algo así. Una hora al día, dos horas al día, tres horas al día… escuchar el silencio con las manos puestas en el pecho, donde empiezan las tetas, la carne de las tetas. El silencio nos venda. En el silencio, adentro del silencio, hay un hilo que nos guía por los laberintos de cualquier oscuridad. Es verdad que todos nacemos locos y que algunos siguen siéndolo toda la vida, pero el silencio lixivia esa locura. El silencio salva, redime algo del mundo y de la existencia cuando sólo queda una especie de esperanza indecible que se parece mucho a “la desesperanza que niega”. Probablemente no hacemos más que ejecutar las órdenes de un consorcio o algo así, errar sólo viviendo o algo así, amar a Dios y la eterna ausencia de Dios o algo así, probablemente la vida, nuestra vida, esté legitimada por esa angustia profunda de la misma Vida y la civilización no sea más que una conquista del hombre sobre sí mismo, pero en el silencio no hay nada híbrido ni errado ni ortopédico. A veces hay espanto en el silencio. Un espanto hermoso que se parece un poco al sueño y al olvido. Esa séptima parte de la población mundial que se muere de hambre con mansedumbre cada día suele hacerlo en silencio, sin llorar, se mueren sin llorar, sin hacer ruido, afásicos, debilitados de conciencia, en Ruanda, en la India, en Bangladesh... El silencio no es un lugar que existe en un poema o en una película, podría serlo, pero no lo es, existe aquí, en este aquí que es siempre el mismo aquí, el aquí donde, si prestamos atención, podemos escuchar el quejido de los sueños gastados, el aquí de las pantallas planas de plasma, de los Juegos Olímpicos, del aire acondicionado, las bebidas frías, los cuenquitos con mayonesa y palomitas de maíz en el microondas, el aquí donde hay algo obviamente desquiciado, muy obviamente desquiciado que sólo el silencio y la distancia nos dejarían ver si es que es verdad que quisiéramos verlo, porque ver no es una cualidad de la visión, sino del entendimiento. El triste aquí donde estamos todos metidos, el que regresa de su cadena perpetua de meter a mano rodajas de ananás en botes de almíbar en una nave con techos de latón de Burkina Fasso o de Perú y el que ha recibido todas las medallas y todos los premios y todavía quiere más, el que llora y sufre por ver una paloma blanca muerta en el suelo estar siendo comida por un montón de hormigas o la dibuja y el que ha colocado con prevaricación y cohecho a todos sus hijos en los departamentos de palabrería del Estado y todavía quiere más; el trastornado aquí donde quemamos nuestras vidas sin ponernos las manos en el pecho, deshaciendo con miedo nuestras vendas sublimes de silencio.