
Presagio del otoño II
El presagio del otoño es siempre un sentimiento poderoso, de dulzura y reconciliación con nuestros pequeños sueños derrotados. Todas las estaciones tienen su presagio y todos los presagios se dejan sentir de una manera honda y delicada, nos acarician el “pordentro”, nos remueven el alma, nos ayudan a ser y a despertar de algo, pero de todos los presagios, el que más me gusta sentir es el del otoño, mucho más que el de la primavera. El de la primavera, a cierta edad y en ciertas condiciones, es más fraudulento, irritante, excesivo, salaz, más sin correspondencia con los deseos que despierta y alimenta. El del otoño es más profundo y sereno, tiene como un toque de tristeza dulce, de esa melancolía suavísima que tiene mucho que ver con la Vida, la vida superior, la vida de verdad, la no mamífera, la reflexiva, la vinculada al Arte y al espíritu. Sucede en septiembre, siempre hay un día a primeros de ese mes en el que el cielo es un poco más azul y la brisa más fría y el viento toma consistencia de atmósfera distinta y renovada, entonces nos da en la cara esa brisa y ese viento y nos viene una sensación como de dicha nueva y futura, como de ganas de vivir, de notar cómo las amapolas y las flores pequeñas y amarillas de las orillas de las carreteras empiezan a morirse de algo totalmente contrario a lo que le hace la primavera a los cerezos, de cambiar, de cortarnos el pelo o comprarnos camisas de manga larga o zapatos de piel o esa “crema antiedad” que anuncian en la televisión y en las revistas Hola o Semana que hay siempre encima de las mesas de cristal de las salas de los dentistas o de los ginecólogos de pago. Nos viene como un amor por el mundo y por nosotros mismos, un amor que es como una congoja de esperanzas que ya hemos gastado, pero que nos gusta mucho volver a tener. Es difícil explicar esa sensación equinoccial y, sin embargo, es uno de los fenómenos que más fielmente suceden y que más nos marcan y nos ayudan a existir. Mi presagio del otoño yo siempre lo siento así, de pronto, sin esperarlo, caminando por el monte o montado en bicicleta, viendo la luz, existiendo en la luz distinta de septiembre, en el verde más verde de los árboles, en el color más apagado de las piscinas, en la temperatura de los suelos, en la anestesia del sol, en los pájaros, en la forma de volar los pájaros, y las perdices que te encuentras por el monte ya no huyen tanto, no sé por qué se están más quietas, caminan sin pavor, y todo es como más tranquilo, más preparado para una dulzura venidera, la sangre es menos apasionada y como más densa, las hojas de los chopos se agitan con un brillo plateado,… Sí, la vida hace esas cosas, de pronto, un día las sientes todas juntas, y presientes que el verano ha acabado, ha muerto irrepetible, y presientes que otros días vendrán irrepetibles también, distintos, verdaderos, que lloverá más, que las tardes serán más cortas y fructíferas, que los colores tendrán más intensidad, que el vino es más apetecible, que los crepúsculos son más hermosos,.. y entonces vuelves a casa y te gustaría dejar o ver tres flores blancas encima de un periódico y taparte un poco más por las noches y mirar con deleite hilos de lluvia caer en los cristales. Entonces te sientes cambiado y expectante, un año más mayor, pero cambiado y expectante, incluso un poco como los niños cuando ponen esa cara a la espera de algo magnífico, y todo porque todavía es hoy por la mañana y te acabas de sacar tu última muela del juicio y, al volver a casa con la cara aún hinchada y las gasas untadas de colágeno, con sabor a colágeno, muy apretadas contra la mandíbula inferior, has sentido ese golpe de aire distinto y más frío que también sentiste ayer mientras ibas montado en bicicleta, el presagio del otoño, tu dichoso presagio del otoño y es septiembre en el mundo y en la saliva dulce de los hombres.