
Las primaveras duelen en septiembre
Una vez leí, escribí o escuché en una película o en algún sitio que hay dos clases de muerte: la muerte de los que se van y la muerte de los que se quedan. Septiembre, además de ser el nombre de un mes, el mes en el que más se llora, en el que estamos condenados un poco a llorar todo lo que la primavera y el verano nos dañan cada año en el alma, es también la estación de la muerte de los que se quedan. Llega septiembre y enseguida notas esa muerte pequeña de los que se quedan, de los que nos quedamos cuando ya todo es o parece ser otra cosa y los demás se han ido, casi todo el mundo que merecía la pena o ha mutado o se ha ido. Y ¿Cómo es la muerte de los que se van? No lo sé. No conozco aún cómo es la muerte de los que se van. Yo sólo conozco la muerte de los que se quedan. Y ¿A dónde van los que se van? Tampoco lo sé. Ni tan siquiera sé si se van. Ni tan siquiera sé si han ido. Ni tan siquiera los muertos podemos decir a ciencia cierta que ya no estén aquí, que se hayan ido de verdad y para siempre. Por tanto, la peor muerte es la muerte de los que se quedan, esa muerte sí que duele, y pesa en la conciencia. Y entonces llegan las pobres conversaciones que tienen lugar en septiembre. Y entonces los bares están un poco más vacíos. Y entonces es un poco más soso atravesar una plaza con una bici en una tarde sin sol. Y la vida de cada día se parece un poco más a “una sala VIP con galletitas y leche para la eternidad, para la eternidad, para la eternidad”. Y entonces piensas en qué nueva alegría podrán traerte los años, aunque sea siquiera la mitad de dulce que la felicidad y el gozo que se han llevado. Y entonces es un domingo o un sábado de septiembre por la mañana y vienen los testigos de Jehová a pitar en tu timbre para contarte algo muy triste de la vida, para contarte algo muy triste de la muerte, tan bienintencionadamente o lo que sea, tan cuidadosamente vestidos, con sus carpetas de piel negra en la mano, con sus biblias y su ropa planchada y su colonia, tan ajenos al llanto y al dolor que producen después la primaveras, las primaveras que siempre te hacen daño, en septiembre, el mes para que duelan.
Una vez leí, escribí o escuché en una película o en algún sitio que hay dos clases de muerte: la muerte de los que se van y la muerte de los que se quedan. Septiembre, además de ser el nombre de un mes, el mes en el que más se llora, en el que estamos condenados un poco a llorar todo lo que la primavera y el verano nos dañan cada año en el alma, es también la estación de la muerte de los que se quedan. Llega septiembre y enseguida notas esa muerte pequeña de los que se quedan, de los que nos quedamos cuando ya todo es o parece ser otra cosa y los demás se han ido, casi todo el mundo que merecía la pena o ha mutado o se ha ido. Y ¿Cómo es la muerte de los que se van? No lo sé. No conozco aún cómo es la muerte de los que se van. Yo sólo conozco la muerte de los que se quedan. Y ¿A dónde van los que se van? Tampoco lo sé. Ni tan siquiera sé si se van. Ni tan siquiera sé si han ido. Ni tan siquiera los muertos podemos decir a ciencia cierta que ya no estén aquí, que se hayan ido de verdad y para siempre. Por tanto, la peor muerte es la muerte de los que se quedan, esa muerte sí que duele, y pesa en la conciencia. Y entonces llegan las pobres conversaciones que tienen lugar en septiembre. Y entonces los bares están un poco más vacíos. Y entonces es un poco más soso atravesar una plaza con una bici en una tarde sin sol. Y la vida de cada día se parece un poco más a “una sala VIP con galletitas y leche para la eternidad, para la eternidad, para la eternidad”. Y entonces piensas en qué nueva alegría podrán traerte los años, aunque sea siquiera la mitad de dulce que la felicidad y el gozo que se han llevado. Y entonces es un domingo o un sábado de septiembre por la mañana y vienen los testigos de Jehová a pitar en tu timbre para contarte algo muy triste de la vida, para contarte algo muy triste de la muerte, tan bienintencionadamente o lo que sea, tan cuidadosamente vestidos, con sus carpetas de piel negra en la mano, con sus biblias y su ropa planchada y su colonia, tan ajenos al llanto y al dolor que producen después la primaveras, las primaveras que siempre te hacen daño, en septiembre, el mes para que duelan.