
Canibalismo de vivir
Dicen
que cuando llegas a lo más alto
te sientes solo,
que un dolor invisible va endulzando los ojos
y entonces te la sudan todos esos consejos
sobre alargar la vida útil de las bragas
o estar viendo el récord de comer salchichas a toda velocidad
o en la televisión alguien que hace muy bien el maricón temprano;
incluso puede aburrirte ver:
“Quiero una verga negra en mi boca”.
Dicen
que cuando llegas a lo más alto
te sientes solo,
que un dolor invisible va endulzando los ojos
y entonces te la sudan todos esos consejos
sobre alargar la vida útil de las bragas
o estar viendo el récord de comer salchichas a toda velocidad
o en la televisión alguien que hace muy bien el maricón temprano;
incluso puede aburrirte ver:
“Quiero una verga negra en mi boca”.
Y entonces existe el riesgo
de que llegues a ahorcarte
del cinturón de tu albornoz
en un hotel muy caro.
Dicen
que cuando llegas a lo más alto
es como si pusieses tus labios sobre el mármol,
que entonces eres dueño
de ese espacio que hay
entre el dolor de haber amado mucho
y el otro dolor de no haber amado nunca nada.
Es como una tristísima falta de entusiasmo
o diferente herida de una misma sangre.
Dicen
que se vomitan potajes masticados.
Si estás en lo más alto,
tu existencia
a lo mejor se parece
a imágenes de alta resolución de la vida en un bosque templado
o a esa ebriedad que es como un derrame.
Entonces te das cuenta,
entonces se comprende:
Hay un derrame inmóvil.
Siempre hay ese derrame.
Está en todas las cosas.
No poseemos nada.
Sólo hay ese derrame.
Si un corazón no late,
hasta una estrella es nada.
Siempre es canibalismo vivir.