lunes 28 de febrero de 2011


Medinaceli

La poesía es un sitio donde se puede vivir y la pura delicia de escribir existe. Escribimos a veces por pura delicia de escribir. Escribimos a veces como si hubiesen ángeles sueltos que pudiesen leer nuestras palabras. Y entonces los hay. Puede ser que los haya. Y escribimos también por eternidad de los momentos, porque nos damos cuenta de que ciertos momentos están hechos de eternidad, de eternidad, de eternidad. No la “alegre mentira de eternidad” de la que habla Rosa Montero, sino otra eternidad mucho más grave y verdadera. Era un jueves de febrero. Por la tarde. Después de comer en un restaurante encantador y vacío. Después de comer solos, sin nadie más en aquel lugar acogedor y recién restaurado. Hacía mucho sol. Había una temperatura exquisita. Y viento. Viento como una especie de brisa que se hubiese paseado antes por campos de cereales o llanuras de trigo en Holanda. O por películas en eastmancolor. Era la luz de Soria por la tarde y estábamos en Medinaceli. ¡Cómo me gusta esa ciudad! Desde siempre. Desde hace treinta años, cuando paré una vez allí siendo muy joven y vuelvo a parar ahora cada vez que voy por la A2. Siempre paro. Siempre recorro muy despacio esa ciudad. Por la tarde. Unas veces con sol y otras con lluvia. Es una ciudad preciosa. Triste. Vacía. Muy vacía en invierno. Con calles empedradas donde existir se espesa o algo así. Donde te sientes doblemente vivo o melancólico. Entonces caminábamos muy vivos. Callados. Muy callados. A veces cada uno por un trayecto distinto para venir a encontrarnos en la plaza o alrededor de la Iglesia. En silencio. Sin cruzarnos con nadie, absolutamente con nadie. Mirándonos agradecidos y sorprendidos de estar allí, en una ciudad así, preciosa, antigua, detenida, llena de tiempo quieto, tan distinto a todo, tan asombrosamente distinto a todo. Una ciudad que parece decirte: “Una vez fui consciente y decidí olvidar”. Una ciudad que es como un retrato íntimo de lo que fue la vida, de lo que fue la vida, de lo que fue la vida. Yo venía triste, decaído, sin demasiadas ganas de viajar cinco días. Yo venía con el deseo más absoluto de vivir humildemente en mi ciudad, de idiotizar mi vida o algo así. Y de pronto me pareció estar en uno de esos momentos que están hechos de eternidad, de delicia, de poesía en la que se puede vivir. Entonces comprendí eso de que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos. Y entonces me pregunté con ganas de llorar un poco, como Borges:”¿Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue?”. Y entonces me pareció definitivamente que esa vida que pudo haber sido y no fue estaba allí, que todas las vidas que pudieron ser y no fueron estaban allí, en las calles llenas de luz o lluvia de Medinaceli. En su silencio. Por los páramos secos y sin árboles que se ven alrededor de la ciudad. Dentro de las casas vacías. O simplemente cerradas. Dentro de las casas que nosotros hubiésemos querido ver con luces encendidas o televisores encendidos. Dentro de aquellas casas, en una de las cuales se oían voces rumanas. ¡Voces rumanas! De verdad. Auténticas. Hiperrealistas. Como si el mundo fuera un pañuelo o una ilusión sin muerte para personas solas. Como si toda la vida hubiésemos estado aquí. Y ya, el resto del viaje, el resto de los días, miré todas las cosas con ojos de delicia de escribir.

Debiéramos decir

"Preciso es que nos sometamos a la carga de estas amargas épocas, decir lo que sentimos, no lo que debiéramos decir"

W. Shakespeare

Datos personales

Miguel Sánchez Robles (Caravaca de la Cruz, 1957) es catedrático de Geografía e Historia y escritor.

Archivo del blog

Nota biográfica y breve currículum literario

  • Miguel Sánchez Robles. Su trayectoria poética está jalonada de galardones y reconocimientos literarios de primer orden. Ha recibido, entre otros, los premios de poesía: “Miguel Hernández”, "Leonor", "Bienal de León", “Esquío”, “Barcarola” , “Ciudad de Irún”, “Bahía”, “Antonio Oliver Belmás”, “Fundación Colegio del Rey”, “Ciudad de Zaragoza”, “Julio Tovar”, “Rafael Morales”, ... En narrativa: “Alberto Lista”, “Camilo José Cela (Premios del Tren)”, “Julio Cortázar”, “Fernández Lema”, “Ignacio Aldecoa”, "La Felguera" ... Y en novela ha obtenido el “Fray Luis de León” por “La tristeza del barro”, el premio de novela de la Diputación de Córdoba por "Donde empieza la Nada"y ha sido finalista del “Ateneo de Valladolid” y del “Torrente Ballester”. En ensayo ha obtenido el premio "Becerro de Bengoa" de la Diputación Foral de Álava por su libro: "El sentido del mundo"

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