Desistimiento
Todos lo sabemos. Sabemos que los tomates no saben a nada, sabemos que la fruta es híbrida, transgénica, que no tiene sabor y sólo tiene aspecto, sabemos que la mayoría de las películas son una mierda de películas, sabemos de qué tipo son, lo que va a pasar en ellas; sabemos que la mayoría de los libros son una mierda, sabemos que los libros y las películas se han convertido en una especie de artefactos para el entretenimiento en los que siempre hay asesinatos que parecen cometidos por alguien y luego el culpable es otro alguien y ya está, ya está, ya está: ese es el mensaje; sabemos que la mayoría de los programas de la televisión son una mierda: pura basura que ofende la inteligencia y la conciencia; sabemos que la mayoría de los políticos son una mierda y una vergüenza, sabemos que la mayoría de los “protagonistas importantes” del Hoy son y forman parte de un estiércol genérico muy adaptado al Esto, a la ignorancia masiva, a este mundo lleno de indiferencia, desesperanza y pereza del que no se quejan, del que no se quejan, del que no se quejan. ¿Dios, mío, pero qué hacemos votando, leyendo libros que no enseñan a nada, comiendo tomates y melocotones sin sabor, teniendo los televisores encendidos? ¿Qué hacemos, qué hostia hacemos tragándonoslo todo, todo lo que tenemos que aplaudir, todo lo que tenemos que tragar, y sin la esperanza de hacer otros planes?
Y lo más triste: estas palabras de Alarte, un alumno mío de cuarto de la ESO: “Sabemos que todos somos lo que son los demás, que todos somos como es todo el mundo y que si todos somos los demás y nadie es él mismo, nadie es nadie y todos somos nadie”. O lo que es igual: Desistimiento de vivir.
(¿Es que ni tan siquiera vas a buscar esa palabra en el diccionario de la RAE?)
Todos lo sabemos. Sabemos que los tomates no saben a nada, sabemos que la fruta es híbrida, transgénica, que no tiene sabor y sólo tiene aspecto, sabemos que la mayoría de las películas son una mierda de películas, sabemos de qué tipo son, lo que va a pasar en ellas; sabemos que la mayoría de los libros son una mierda, sabemos que los libros y las películas se han convertido en una especie de artefactos para el entretenimiento en los que siempre hay asesinatos que parecen cometidos por alguien y luego el culpable es otro alguien y ya está, ya está, ya está: ese es el mensaje; sabemos que la mayoría de los programas de la televisión son una mierda: pura basura que ofende la inteligencia y la conciencia; sabemos que la mayoría de los políticos son una mierda y una vergüenza, sabemos que la mayoría de los “protagonistas importantes” del Hoy son y forman parte de un estiércol genérico muy adaptado al Esto, a la ignorancia masiva, a este mundo lleno de indiferencia, desesperanza y pereza del que no se quejan, del que no se quejan, del que no se quejan. ¿Dios, mío, pero qué hacemos votando, leyendo libros que no enseñan a nada, comiendo tomates y melocotones sin sabor, teniendo los televisores encendidos? ¿Qué hacemos, qué hostia hacemos tragándonoslo todo, todo lo que tenemos que aplaudir, todo lo que tenemos que tragar, y sin la esperanza de hacer otros planes?
Y lo más triste: estas palabras de Alarte, un alumno mío de cuarto de la ESO: “Sabemos que todos somos lo que son los demás, que todos somos como es todo el mundo y que si todos somos los demás y nadie es él mismo, nadie es nadie y todos somos nadie”. O lo que es igual: Desistimiento de vivir.
(¿Es que ni tan siquiera vas a buscar esa palabra en el diccionario de la RAE?)